Mi paso por la clínica de desintoxicación ha sido muy duro. Aunque cuando me despedí de todas las enfermeras, celadores y médicos me dijeron adios haciéndome la ola de buen rollo, puedo asegurar que durante mi estancia allí quise asesinar a más de la mitad de ellos con mis propias manos, tal fue el celo profesional con que se empeñaron en arrancarme a cualquier precio cada recuerdo de mi último enamoramiento (el más difícil de todos, según me comentaron cuando ya había pasado todo). De hecho, no fue hasta que me practicaron la lobotomía que la cosa no empezó a arreglarse poco a poco. "Muerto el perro muerta la rabia" decía el cachondo del doctor Aznar, como si lo de que te quiten un trozo de cerebro sea una cosa para andar recitando refranitos... Bueno, el caso es que si añades las duchas de agua congelada, los electroshocks y el lavado de cerebro mediante el visionado de Telemadrid las 24 horas del día, tendrás una fórmula de éxito para olvidar cualquier amor desgarrador que te quite el sueño. Es verdad que baratos no son pero, ¿acaso tiene precio librarse del amor en su versión más cruel? Desde entonces duermo (sin soñar), como (aunque todo me sabe a pollo) y respiro (sin distinguir olores) con normalidad y, eso sí, he recuperado al 100% la capacidad de enamorarme, ya que de algo tiene que vivir esta gente. Esta es ya mi cuarta visita, y me han dicho que a la quinta me lavan el coche gratis, con lo que supongo que en el fondo les estoy agradecido y acabaré volviendo pese a la rudeza de unos procedimientos que, no me cabe ninguna duda, son necesarios por mi propio bien. Os lo recomiendo.
El Juglar de mi cuento estaba conmocionado. Después de recibir el mensaje de la Princesa de boca de aquel espabilado pero destartalado niño se levantó del montón de paja donde estaba sentado y, furioso, se dirigió al abrevadero de caballos más cercano. Allí, hundió la cabeza y el torso durante casi un minuto y, dándose por limpio y despejado, se dirigió a la puerta de salida del recinto real. Su reencuentro con la Naturaleza era lo único que podría conservar su cordura o, quizá, la única manera en que, si se volvía loco, podría acabar sus días rodeado de seres vivos que no le recordaran todo el tiempo que era un fracasado y un infeliz.
Sin embargo, cada paso que daba aumentaba su incomprensión, su sensación de que aquello no podía estar pasándole a él y sus ganas de venganza. Sabiendo que algún día no muy lejano podría arrepentirse de ello, cogió las bragas de la Princesa y las tiró al río, donde una multitud de pececillos como pirañas dio cuenta de ellas en un santiamén. Escondió su inseparable laúd en el tronco hueco de un árbol y, decidido, se dirigió al bosque donde podría pensar con claridad y poner orden en el torrente de sentimientos encontrados que atacaba sus nervios. Abstinencia sexual, meditación y ayuno, a ver si castigando su cuerpo y su mente podía volverse más fuerte, más seguro y más estable, y no el guiñapo en el que se había convertido después de entrar en contacto con el poder de la Princesa.
La Princesa de mi cuento era también un poco pija. Sabía un montón de cosas de esas que saben los pijos, como montar a caballo, hablar inglés y educar perros, y justificaba su decisión de no llevar bragas en el hecho de que ya no se llevaban. Tremendamente aficionada a las representaciones teatrales de un serial llamado "Sexo en la Corte" de un grupo de 4 actrices pijas como ella en las que se hablaba de moda y otras tonterías, seguía a rajatabla las tendencias que marcaban los caprichosos vientos de la estética. Orgullosa, lo que se dice orgullosa, no se sentía de tener esos gustos ni de ocupar su mente con cosas como los preparativos del próximo desfile de vestidos con velo, o de llenar su mesilla de noche con un taco de "Cosmopolitan Medieval", guía imprescindible para conocer los últimos modelitos de otras princesas o para que una misma se conociera en profundidad, gracias a los inestimables test que llenaban sus páginas. En público y frente a otros príncipes se vanagloriaba de ser estudiosa y curiosa, aunque a decir verdad nadie la había visto nunca leer otra cosa que no fuera el "Súper Pop de la Corte" o el susodicho "Cosmopolitan Medieval" que con tanto trabajo copiaban para ella los monjes del monasterio cercano. En realidad siempre pensó que aquellos pasatiempos y vicios mundanos acabarían cuando por fin conociera a alguien a su altura física e intelectual, pero la verdad era que ni los hombres sólo guapos le decían nada y que de los pijos se aburría en cuanto dejaban de recomendarse mutuamente cremas hidratantes y rizadores de pestañas.
Pero luego estaba aquel extraño juglar... No dejaba de darle vueltas a los hechos de aquella última noche y aún se preguntaba por qué diablos se le habría ocurrido dejarle aquel regalito en la manga de su jubón. Ella no solía ser tan descarada, sin embargo algo le decía que con hombres como aquel, que eran una mezcla inusual de sensibilidad, chulería, integridad y masculinidad, sólo cabían acciones por tanto inusuales y audaces.
Entonces, alguien llamó a su puerta. "Un mensaje para la Princesa" dijo un vocecilla infantil. "Adelante", dijo la Princesa. "Un señor muy raro y con cara de flipao que había en el establo me ha dado una moneda para que le transmita un mensaje" dijo aquel niño despeinado y sucio en quien creyó reconocer al hijo de la cocinera de Palacio. "Habla", dijo ella. "Me ha dicho que le diga que desde que la vio sus ojos quedaron ciegos para otras mujeres, que el contacto entre sus manos le hizo aborrecer la posibilidad de acariciar cualquier otro cuerpo femenino y que aquel regalo de su intimidad con su olor que había tenido a bien entregarle era y sería para siempre su posesión más preciada." "Gracias" dijo la Princesa. "Me ha costado un montón aprendérmelo" dijo el niño por si caía alguna otra recompensa.
"Te doy otra moneda si te aprendes otro mensaje y se lo llevas al mismo hombre"
"Hecho"
"Dile que me gustó conocerle pero que nuestras vidas son muy diferentes e incompatibles"
Dicen que el único amor eterno es el no correspondido. Sé que hace tiempo que no te escribo y lo siento; he estado ocupado con el trabajo, mis hijas y ella, y cuando llegaba la noche no me sentía con fuerzas para abrirte mi corazón, con el esfuerzo que ello implica. Hoy, dos días después de que me cerrara la puerta y cuatro después de haberla conocido en persona, creo que te debo esta historia, aun triste, pero quizá también necesaria para que el que pueda cerrar la puerta sea yo. Liberado ya de la necesidad de aparentar que soy un tipo duro al que persiguen las mujeres y que no necesito a ninguna para ser feliz, por fin puedo relajarme y abrirte mis compuertas, querido diario, para confesarte que me había enamorado de ella sólo a través de algunos mensajes escritos, un par de conversaciones telefónicas y un encuentro de unas tres horas en el que entre los dos nos bebimos un par de cocacolas, un zumo de naranja y otro de tomate.
Sus mensajes escritos no contenían todas las tildes, es verdad, sin embargo a parte de eso no contenían faltas de ortografía ni gramaticales y, por si eso fuera poco, su contenido era siempre divertido e inteligente. Pero es que después resulta que al hecho de no fumar y de beber poco (imprescindibles condiciones para que mi corazón y mi cuerpo se abran, como sabes) unía una voz clara, directa y alegre capaz de transmitir que quien la emitía era una persona saludable, física y mentalmente, con lo atractivo que resulta eso según los expertos en la genética de la reproducción. Y ya el colmo fue cuando apareció por la puerta y acabó sentándose junto a mí para tomar juntos nuestra penúltima bebida: un pibón. Altura apreciable, limpia, si quieres sutilmente arreglada y de pestañas casi tan largas como las mías; complexión delgada, porte elevado y parecido al de la clase medio-alta anglosajona; autosuficiente y perfectamente capaz de renunciar a volver a estar nunca con un hombre si es que los que se le acercan no están a su altura. Correcta, sonriente y aparentemente cercana llevó nuestra cita como la perfecta anfitriona; fue atenta y amable, pero fría.
Posiblemente desde el primer segundo después de verme ella ya sabía que aquel encuentro no tendría repetición. El margen de maniobra del que uno dispone para intentar atraer a alguien que no ha sentido algo por ti nada más verte es muy pequeño, y sólo unos cuantos maestros en ese arte de la atracción (entre los cuales obviamente no me encuentro) son capaces de crearla donde parece que no la hay. Así, en lo que respecta a la comunicación no verbal (la única que cuenta, en realidad) cometí errores de bulto llevado por el calibre de mi interés: mi cuerpo siempre estuvo abierto y frente al suyo, hablé demasiado y mi voz debió haber sido más grave y pausada. Seguro que mis pupilas estaban híperdilatadas, mientras que las suyas permanecían impasibles. Babear, lo que se dice babear, no babeé, aunque estuve cerca, y claro, así es muy difícil que alguien como ella se digne a bajar de su pedestal para enseñar a un pringao mortal como yo que la felicidad podría no tener límites.
Quien diga que de las derrotas se aprende es un listo que siempre se olvida de decir que también duelen mucho. Yo no sé si tardaré horas o días en poder olvidar ésta en particular, aunque lo que sí sé con seguridad es una cosa: el único amor eterno es el no correspondido.
El Juglar despertó mareado por el fuerte olor a estiércol. Se hallaba en el establo del castillo y aunque le costó entender qué hacía allí poco a poco fue recordando y entendiendo... Ante su lamentable desmayo de la noche anterior supuso que la Princesa debió deshacerse de él enviándolo a dormir junto con los burros y las vacas y él, dando por normal aquel trato recibido, empezó a incorporarse resignado con la intención de partir para siempre al destierro geográfico y sentimental que su separación de la Princesa iba a suponer el resto de sus días. En esas estaba cuando de pronto llamó su atención un inusual bulto en la manga derecha de su jubón y, casi con miedo, dirigió la mano izquierda al encuentro de aquel objeto extraño alojado en su brazo. Con la estupefacción impresa en su rostro deslizó ante sí lo último de este mundo que hubiera esperado encontrar: las bragas todavía húmedas de la Princesa.
Aquella noche, sin embargo, la Princesa se sentía vacía. Tanto Príncipe, tanto mozo supuestamente enamorado y tanta ilusión desperdiciada por el camino habían conseguido que el escepticismo hiciera mella en ella. ¿Y si aquel Juglar era sólo otro de tantos? ¿Otro encantador de serpientes, otro mago de los sentimientos falsos, otro artista de la Fast Seduction (o Seducción Basura)...? En aquel mundo real que la desesperaba a veces, no cabía aplicar la filosofía de las hadas, los elfos y l@s gamusin@s, por lo que se sentía un poco perdida e incapaz de hacer coincidir los deseos de las células de su cuerpo y de su alma con los de los hombres que la requerían, incluyendo a ese músico tan mono y aparentemente inofensivo que cantaba y tocaba como los ángeles (aun siendo un poco pastelero, todo hay que decirlo). Entonces recordó haber leído o escuchado alguna vez que las mujeres se comportan como óvulos y los hombres como espermatozoides y así, por primera vez desde que tenía uso de razón, se negó el actuar siguiendo a su instinto, decidiéndose a ofrecer batalla y resistencia, a ver en qué acababa el experimento.
Unas cuantas velas defendían a duras penas a la Alcoba Real de la oscuridad en una batalla casi perdida cuando el Juglar y la Princesa entraron cogidos de la mano y cerraron la puerta tras de sí suavemente. Él nervioso y ella sospechosamente tranquila, se sentaron en la cama con dosel y, durante aproximadamente siete u ocho minutos, no dijeron ni una palabra, limitándose a adivinarse entre la penumbra y a escuchar sus respectivas respiraciones extrañamente acompasadas. La Princesa, que casualmente aquella noche sí llevaba bragas, notaba cómo su cuerpo luchaba contra ella y su recién escogida frialdad humedeciéndolas y traspasándolas para hacer llegar su mensaje envenenado de deseo al receptor y, claro, éste, completamente abrumado ante la magnitud de aquella celestial experiencia olfativa, no pudo sino acabar desmayándose.
Cuando se encontraron sintieron básicamente indiferencia el uno por el otro, y no fue hasta que ella le escuchó y él la olió que la tan famosa química del amor no empezó a hacer milagros en sus respectivos neurotransmisores (sustancias que logran que las hormonas se comuniquen entre sí armoniosamente). A partir de ese momento ella empezó a tener una serie de fantasías atropelladas e irracionales que tenían que ver cómo aislarlo de aquella estúpida fiesta y conseguir que, durante el resto de su vida, el juglar sólo abriera la boca para dirigirse o cantarle a ella, aparte de para utilizar sus labios y lengua en otros ejercicios menos verbales pero igualmente placenteros o incluso más. Él, por su lado, estaba como paralizado, intentando no perder la veta de aquel aroma suavemente animal de aquella mujer aparentemente tan normal y que sin embargo había logrado que se erizara en su cuerpo hasta los pelos. La inspiración lo avasallaba y lo mareaba, y sólo podía pensar que disfrutar de aquel olor en exclusiva sería, con gusto, algo por lo que renunciaría a su mano izquierda, responsable última de dirigir acordes y melodías en su laúd embriagador y de seguir proporcionando placer a sus amantes cuando su aparato reproductor principal agitaba la bandera blanca.
La Princesa de mi cuento estaba cansada. No encontraba lo que buscaba, y empezaba a estar harta de seguir probando un Príncipe tras otro, sin que su cutis llegara a reflejar en ningún caso la luminosidad del amor. Sabía que éste existía, y como prueba concluyente estaba el hecho de que todos los cuentos acababan llenos de él. Sin embargo ella sólo lo había intuído de lejos, en la cara de los demás, en las canciones de los trovadores y en la voz de los pajaritos por la mañana, al despertar. Sospechaba, por lo tanto, que alguna bruja mala la había maldecido al nacer o algo así, pues no era normal que a sus 26 años todavía no hubiera conocido a nadie que le hiciera tilín, como a su nodriza le gustaba decir; aunque claro, a su nodriza también le gustaba decir cosas como "viajar es malo" o "no está bien que una Princesa no lleve bragas", y por eso no la tomaba nunca muy en serio. En cualquier caso, aquello de lo que todo el mundo hablaba, por lo que se decía que merecía la pena incluso morir, no se le había aparecido aún para desesperación de sus padres, los reyes, que veían cómo se acercaba el final de su vida sin que su estirpe (la Princesa era hija única) hubiera sido perpetuada.
En mi cuento el chico no es un Príncipe, es un Juglar. Un Juglar refugiado que tuvo que huir de su país por culpa de una guerra ridícula que no dejaba tiempo ni espacio en el corazón de sus habitantes para escuchar historias ni canciones que hablaran de alegría, sexo y amor, por ese orden, y es que podría decirse que nuestro Juglar fue el primero de su gremio en atreverse a incluir escenas de sexo en sus narraciones, ya fueran acompañadas de laúd o no, y este hecho lo hizo relativamente famoso, lo suficiente como para que su fama llegara a oídos de nuestra desencantada Princesa y fuese llamado a la corte para tratar de entretenerla y sacarla momentáneamente de su apatía. Se consideraba a sí mismo un romántico empedernido, aunque también era consciente de que el amor eterno nunca duraba más de tres o cuatro meses; por eso su corazón siempre andaba saltando de flor en flor, asumiendo que moriría probablemente solo, pero sabiendo también que todas aquellas mujeres que en algún momento de su vida habían sido la única, le dejarían los suficientes recuerdos agradables como para dejar este mundo con media sonrisa en la boca.